¿Por qué? Pues porque nuestro autor, con fama de gruñón y de misógeno, había querido ser cantante.
Había crecido en una familia musical y había estudiado en el Mozarteum de Salzburgo, pero la tuberculosis se interpuso en su camino.
Fue entonces cuando decidió buscar refugio en la escritura.
Si queréis saber mi opinión personal sobre la fracasada carrera del escritor como cantante lírico, estoy convencida de que si hubiera sido cantante el mundo se habría perdido a un genial escritor.
De lo contrario no estoy tan segura… Es más, no hace falta conocer muy de cerca al autor para saber que hubiera tenido muchos problemas en el mundo de la ópera.
Y lo digo por propia experiencia. En el teatro no es bueno tener un carácter fuerte…
Explorando en el mundo virtual descubro una entrevista en la que nuestro autor habla de su relación con la música: “solo se puede hacer música cuando se está permanentemente con más gente.
Como precisamente era esto lo que yo no quería, el problema se resolvió por si solo”. Sin comentarios…
Dicen las malas lenguas que Bernhard escribía siempre el mismo libro. No estoy de acuerdo.
Lo que hacía Bernhard, como comenta su amigo (¿tenía amigos?) Karl Ignaz Hennetmair, autor del libro “Mi año con Thomas Bernhard”, era escribir para arrancarse la desesperación de las entrañas.
La traducción de la frase es mía desde el libro original. Me gusta traducir.
Es siempre un reto creativo porque, como sabéis, no se trata de trasladar palabras de un idioma a otro, sino de capturar matices, sensaciones e intenciones.
La asignatura de traducción fue la que más disfruté cuando fui profesora de español en la Universidad de Heidelberg en la que estudié.
Recuerdo las caras de mis compañeros cuando entraba en clase el primer día. Yo era estudiante y al entrar me miraban y se callaban pensando que era la profe.
Años después, al entrar en las mismas aulas en las que había estado como estudiante sentí como una especie de triunfo.
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