El tercero, que llegó más tarde, era un manual franquista que pretendía aclarar cuestiones sobre sexo. No es broma. Mi madre no me dejaba leerlo.

Fue mi primer libro prohibido. El segundo fue el libro rojo de Mao. Aquellos libros de contrabando que conseguíamos en la librería de aquel abuelito tan amable y tan rojo como nosotros.

Quien empezó a llevar libros a casa fui yo. Los compraba con mis ahorros. Lo que nunca olvidaré fueron mis primeros libros. Yo tendría nueve o diez años.

Eran los de la serie de “Los cinco”. Solía leerlos bajo efectos de la droga. Droga legal, faltaría más. Era subir a un coche y ponerme malísima. Me daban Biodramina. Era brutal.

Poco después descubrí a Miguel Hernández y fue tal el entusiasmo que copié a mano con mi preciosa caligrafía del cole “El rayo que no cesa” en un cuadernillo que hice con papel azul. Era una edición argentina que tenía mi vecina del 16.

Recuerdo el poema con el que gané un concurso de poesía. Era patético. Pero me perdono. He conseguido perdonarme.

No os cuento de qué iba el poema. Solo lo haré si insistís. Os leo en comentarios.

Pasó mucho tiempo desde entonces. He vivido muchas vidas. Una de mis vidas las paso en mis cocinas. Lo del plural viene porque soy artista nómada. 

Cuando me casé no sabía ni freír un huevo. No vengo de familia con pasión por la cocina. No he heredado ninguna receta de las mujeres de mi familia.

Mi abuela, la mujer de mi vida, nunca tuvo un horno. Mi madre hacía unas albóndigas que parecían los cañones de la Armada Invencible.

Cuando me casé empecé a aprender sola platos elaborados con las recetas del famoso libro de Simone Ortega “1080 recetas de cocina” que debía ser una especie de biblia para cocineras novatas. Recuerdo las ilustraciones en blanco y negro y la receta de cordero estofado con vinagre.

Mi segundo libro de cocina fue un regalo de boda de una caja de ahorros alemana. Aquello ya era otra cosa. Tapa dura, fotos a todo color.

Pero yo no entendía una palabra a pesar del curso intensivo de alemán que había hecho en Milán de prisa y corriendo para poder hacer audiciones en Alemania.

Desde entonces he aprendido mucho. De cocina, de literatura, de música. También he hecho las paces con mi musa y he publicado un poemario.

En este espacio quiero compartir con vosotras las cosas de mi mundo que me parecen importantes o que creo que os pueden tener interés. 

Como reza la biografía de mi cuenta de autora en Instagram: escribo, canto y cocino, tres maneras de contar historias.


 

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